martes, 21 de febrero de 2017

El ruletista, Mircea CĂRTĂRESCU

Zweig y Kundera. El Zweig que se asoma al abismo del juego con absoluta elegancia en “24 horas en la vida de una mujer” y el Kundera de siempre, el sabio que recorre la literatura occidental como trampolín para su propia obra. Cartarescu suena a eso y a literatura de la grande, a voz profunda que cuenta qué y cómo somos. 


La mayor condena de un librero, de un lector, se produce según vas cumpliendo años y dejas de ser inmortal, te duele un hombro y te cuesta levantar un saco que, impertinente, se presenta para decirte que has envejecido. Entonces la ves y sabes que te acompañará de por vida: no llegarás a leer ni un mínimo porcentaje de lo imprescindible. No leerás todo, ni parte importante siquiera. Esa es la condena que, si eres humilde, aceptarás con tristeza y resignación. Cartarescu se había convertido en un objetivo imprescindible por comentarios de lectoras que aprecias. No me ha defraudado. Otro eslabón a la cadena de la condena: habrá que leer toda su obra. Qué menos.




Un viejo escritor con poco aprecio a su obra y menos alegría vuelve a la gran historia de su vida que, por inverosímil, no quiso contar en sus novelas. Un tipo que hace fortuna desafiando con su vida a las leyes de la probabilidad. Desde el principio sabemos qué va a pasar: la muerte va a llegar y se a cobrar su presa. El viaje a los tugurios, a los sótanos convertidos en timbas mortales y la mirada sobre la gente que contempla el precipicio sólo como espectáculo en el que mueren otros. El lenguaje con esa transparencia técnica que logran algunos centroeuropeos en el que la voz te acompaña pero no se enreda en abalorios innecesarios y, en ocasiones, es consciente, te hace consciente, de que es literatura y qué literatura es. 



Las coincidencias inverosímiles totalmente creíbles porque el maestro lo cuenta así y como lo cuenta bien, nos vamos a un sótano con la esperanza de que el ruletista salga desmayado o, tal vez, con el deseo perverso de presenciar la muerte en directo. La vieja rebelde que llega cuando ella quiere y no cuando el público lo pide. La vida del pobre diablo que sólo toma sentido en el momento en que se convierte en un espectáculo de vida o muerte. Ni nombre le queda fuera de su trabajo: el ruletista.


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